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Me
senté a escribir mas que todo para despejar la mente y para ver si podía
sacar algo en limpio del día.
Era
temprano todavía pero . . . bueno, para mi las 3:20 de la madrugada es
temprano, gracias a mi vida de noctámbulo que no puedo corregir.
Como
decía, era temprano pero algo me decía que ya era
hora de dar como acabado el día.
Generalmente
uno da como acabado el día cuando se va a acostar y dice que comienza el
día cuando se despierta.
Pero
para mi es relativo, hay veces que prefiero que un día se termine a las
12:00 de la noche.
Para
así cortar seguro con un día que no tubo momentos buenos.
Por
eso mientras antes termine mejor.
El
problema es que si uno decide finalizar con un día malo a medianoche,
puede ocurrir que el nuevo día ya empezado siga con malas nuevas . . . y
si es así, uno ya se hace un panorama nefasto para lo que sigue del día.
Así
que yo, como buen aprendiz del insomnio, marco un fin del día y procuró
analizarlo.
Sin
mucha filosofía, solo ver si fue malo o bueno, muy pocas veces hubo días
sin resultado positivo o negativo.
Desde
el comienzo del análisis y hasta aproximadamente las siete u ocho de la
mañana en algunos casos de lluvia, es un horario “neutro”, que no
corresponde ni a un día ni a otro . . . como un silencio en un
pentagrama.
Un
momento sin nombre que tiene como único sentido el descanso.
Por
eso me senté a escribir para descansar un poco de la ciudad y ver si mi
mente seguía estando allí con algunas ideas.
El
escrito no paso de tres renglones con letras vagas bien dibujadas, como
siempre me gusto empezar a escribir.
Me
canse demasiado rápido porque no me gustaba con la sinceridad que lo
estaba escribiendo.
Así
que lo deje ahí, en una hoja . . . que paso a ser una mas en el
escritorio.
La
pila de papeles y carpetas casi igualaba a la lámpara de oficina que
tenia desde que mi padre me la trajo no se de donde. . . pero que siempre
me gusto, creo que porque nunca antes había visto una tan fea y
robusta.
Hacia
como dos horas que llovía, amaba la lluvia, tanto que sería capaz de
comprarme una cámara de video para filmar cada lluvia, hasta que pare de
llover o hasta que se acaben los todos videos del mundo.
Me
acerque a la ventana fumando medio cigarrillo que encontré en un cajón
del escritorio, lo prendí por instinto y al acercármelo me di cuenta que
era mentolado.
Nunca
había fumado uno de esos, y me extraño que estuviese en mi escritorio,
pero cuando me estaba por poner a pensar quien podría haber sido, por la
ventana vi una figura esbelta en la calle, cerca de la vereda de enfrente,
empapada, lo note porque notaba que la ropa caía sobre ella con un cierto
peso que no es común.
Pegué
la nariz contra la ventana para ver bien, pero el reflejo de la lámpara
de escritorio no me dejaba ver mas . . .así que en dos pasos largos
llegue hasta él y lo apague de un manotazo, volví la vista para ver si
el reflejo seguía allí, y al ver que no, me acerque con dos zancadas mas
a la ventana esperando ver mucho mas a la persona que me había sacado de
mis pensamientos.
Me
asuste, porque esperaba encontrarla en el mismo lugar, pero me tranquilice
casi al instante, porque descubrí que esta persona estaba sentada en el
cordón de la vereda, encorvada en si misma, con la cabeza entre las
piernas.
Me
intrigó mucho, ya que llovía muy fuerte y no podía entender que hacia
esa persona afuera en invierno un día de lluvia.
Yo
estaba con una bata vieja que rescate de las polillas. Ni se me ocurría
salir a ver que le pasaba, y supuse que si necesitaba algo, hubiera
llamado a la puerta, ya que al estar los postigones abiertos era visible
mi figura desde afuera.
Eran
pocos metros los que me separaban de esa persona, solo con abrir la
ventana, pegándome a las rejas y elevando un poco la voz, podría haber
entablado una conversación con ella.
Pero
prefería quedarme apoyado en el marco de la ventana como espiándola. 
No
calculaba el tiempo, pero un rato después se reincorporo y se quedo
sentada con los hombros bajos y las manos cruzadas, como mirando a la
nada.
Yo,
ya me había acercado el cenicero y había terminado dos cigarrillos
mas.
Mas
intrigado que antes y dispuesto a quedarme hasta que se levantara y se
fuera.
Tenia
ganas de un café o por lo menos un trago de agua de la canilla, pero, era
demasiado riesgo irme hasta la cocina, no porque quedara muy lejos, sino
porque no me quería perder ningún movimiento de esta
estatua nocturna, así había decidido llamarla porque se veía
demasiado quieta par ser una persona.
No
dormía, se le podía ver lo ojos brillosos, y hasta me hubiera atrevido a
acertar el color, que después comprobé que eran celestes.
Pasaron
unos minutos mas, cuando decidí hacer algo, pero no sabia que sería lo
indicado, no sabía como dirigirme.
Por
eso, me tome tiempo en fijarme en cada detalle, hasta que confirme que era
una mujer.
Cuando
lo noté, tuve miedo de entablar conversación, porque alguien que está,
horas debajo de la lluvia torrencial sola sin hacer mas que mover los ojos
de vez en cuando, no creo que quiera que alguien lo moleste y saque de su
obstinación en la nada.
Por
eso intente imaginar sus “porques” . . . comprendía que eran muchas
las posibilidades así que deje inmediatamente.
Me
moría de ganas de abrir la puerta de enfrente y pararme en el medio del
umbral solo para ver la reacción de esta estatua.
Pero,
hasta la puerta había unos quince pasos, y hasta sacarle el seguro y
abrirla ella se podría haber parado e ido, y eso si que no quería perdérmelo.
Quise
adivinar la hora en un reloj de agujas que había en el escritorio, solo
se veían las partes fosforescentes de sus agujas, después de varios
esfuerzos de vista y de varios insultos al inventor de ese sistema
fosferencente . . . termine por declarar que eran las 6:15
aproximadamente, casi tres horas después de que me senté a
escribir.
Era
el limite, tome coraje la campera de correr que estaba sobre el sillón
hacía mas de una semana, y en pasos seguros y largos me apresuré para
llegar a la puerta, con un movimiento conjunto de manos saque el seguro y
gire la llave para poder así abrirla.
Al
hacerlo y ver que la persona no se inmuto, quede inmóvil, me aturdió un
miedo terrible.
Estaba
seguro que a esa distancia la persona podía verme, por lo menos
saludar.
Así
que dispuesto a conseguir algo que me indicará que la persona no era de
yeso, me encamine a ella.
Estaba
descalzo así que el frío de las baldosas me hizo fruncir los dedos de
los pies, camine tratando de no pisar ningún charco pero era imposible,
con los hombros levantados y la cabeza medía gacha, como cubriéndome de
la lluvia, algo que era imposible, me acerca hasta estar bien enfrente.
-
¿Esta bien? le pregunte haciéndole notar mi preocupación y agachándome
para escuchar su respuesta. Me miro a los ojos y estiro la mano para
indicarme que me sentará junto a ella.
–
¿Porque no pasamos adentro?.
Le conteste mostrándole con mi mano la puerta abierta. Esta vez me
suplico con los ojos muy profundos en los míos, yo no quería mojarme,
pero al darme cuenta que estaba echo sopa ya, me senté.
-
Se cansara mas rápido si se queda en esa posición – me dijo sin
mirarme. Me di cuenta que era en vano tener los hombros hacia arriba y la
cabeza hacia abajo. Confundido, me relaje y adopte su posición, me sentí
relajado, y pregunte otra vez
-
¿Estás bien?. Parecía que no me escuchaba.
Mirando
hacia arriba comenzó a hablar con una voz muy dulce y tranquila.
-
Es muy difícil para nosotros volver cuando llueve, además prefiero
quedarme acá a esperar que pase antes de luchar contra la lluvia.
-
Si querés te puedo llamar un taxi, o prestar un paraguas, le dije.
-
No me hace falta, además no puedo volver con ninguna de esas dos cosas,
me dijo seriamente y sonriendo. Cada vez mas confundido y atraído al
mismo tiempo por esta mujer hermosa de ojos celestes y brillantes. No quería
mas desconciertos, así que no sabia que preguntar.
-
¿Necesitas algo, entonces?, dije temeroso de la respuesta que me iba a
dar.
-
Un cuento, quiero que me cuentes un cuento de lluvia en invierno, dijo
sonriente como si hubiera estado pensando la respuesta hace horas. Me reí.
-
¿Un cuento?¿Acá, afuera con lluvia? . . . ¿Entremos y te leo uno de
mis libros si querés?, dije con mucha seguridad que iba a aceptar,
tratando de pararme . . . me tomó del brazo y me sentó otra vez.
-
No, acá es mas natural, dijo mirándome con sus dos cielos bien abiertos
y clavándose profundo en los míos tanto, que no pude decir que no.
Por
eso comencé como un narrador a describirle un lago de noche, era un lugar
al que sabia ir de vacaciones muy seguido, y al que exageraba su belleza
para que parezca un verdadero cuento. Le conté de la vida de varias
personas del lugar, como vivían, lo que hacia cada una en el día y como
se relacionaban entre si y
con ese hermoso lago lluvioso, intente darle un final venturoso, pero creo
que no me salió. Creo que porque me había cansado de contar y no
aguantaba mas esos ojos puestos en mi desde el comienzo, examinándome
como buscando algo.
-
¿Te gusto?, le pregunte apenas termine y con un poco de vergüenza de lo
que iba a decir.
-
Es muy irreal, dijo, como si ella hubiera estado en ese lugar y hubiera
sabido que le mentí y exagere todo lo que pude para que parezca de película.
-
No hay nada de amores, ni nada de hadas o duendes, dijo sin dejar que yo
hablara. Había parado de llover y yo tratando de comprenderla pensé
una respuesta rápida y convincente.
-
Por el contrario, le dije.
-
Es muy real, así es la vida de esta gente. Y la de todo el mundo, con
pocos amores, y nada hadas o duendes, dije convencido que esta vez tendría
que darme la razón.
-
Hay eso y mucho mas, me dijo con su voz dulce y sonrisa de cielo, tomándome
de la mano y mirándome tanto que sentí que no resistiría las ganas de
besarla.
Lo
hubiera echo, pero en ese momento me interrumpió el diariero que andaba
en bici y como me vio afuera se acerco para darme el ejemplar del día.
Estiró la mano para dármelo y yo la mía pero no llegaba así que, le
solté la mano a ella viéndola a los ojos y me paré para así poder
agarrar el diario. Ese momento basto para que al darme vuelta me diera
cuenta que ella se había ido, volví a ver al diariero, para ver si había
visto algo, pero éste estaba ya doblando la esquina. No entendía mucho
de nada, casi amanecía, busque a mi alrededor algún indicio, pero seguía
todo igual, la puerta abierta. Me quede algunos minutos observando bien a
la primera claridad las casas, las puertas, las ventanas, para buscar una
pista de su escape, pero nada. Miré hacia arriba, un cielo celeste que
inspiraba un día espléndido, y así con la cabeza hacia arriba como
esperando una respuesta divina, descubrí una nube tenue muy fina, que me
miraba. Caminé con tranquilidad y satisfacción pisando con los pies
descalzos los charcos del diluvio hasta la puerta, sin darme vuelta, la
empuje para que cerrara a mi paso y me fui a prepararme un café, sabiendo
que eran mas de las ocho y que iba a ser un buen día, no solo por el
tiempo. Por eso y mucho mas
.
. . Mientras acercaba la tasa y ponía tres cucharadas de café al filtro
pensaba que la próxima vez que me pidan que cuente un cuento de lluvia en
invierno, contaré uno de un hombre que se enamora de un ángel en medio
de una lluvia invernal. . .
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